viernes, 1 de agosto de 2008

Mi vida interior: apocalipsis

He estado por ahí. Creo que sin cinismo alguno puedo decir que he estado de vacaciones, lo que viene a ser la vida que llevo, pero sin hacer la cama ni el desayuno por la mañana. Los amigos bromeaban con la posibilidad de que en estos días de relax me viniese con descendencia encargada. Cuarto y mitad. Para llevar. No sé por qué razón se supone que uno folla más salvajemente por estar fuera, de verdad que me paro a pensar y no comprendo qué se me escapa. En cualquier caso, debo decir que de tanta playa finalmente me he traído vida: vida en mi oído derecho. Sí, ya sé que no es lo que todo el mundo esperaba, que lo suyo era engendrar algo que pudiera salir con una diminuta túnica en la pollinica los domingos de ramos, pero he hecho lo que he podido. No desprecie, vida en el oído, oiga. Llevaba cuatro días esperando que se pasara ese dolor continuo, y nada. Yo, que soy de pastilla fácil, me he pasado por el forro la costosa campaña de sanidad «no te automediques con antibióticos». Glup. Uno. Glup. Dos. A las tres horas, el mismo dolor de oídos y una divertidísima reacción alérgica a glup-uno o glup-dos -no se sabe-. Hoy he comenzado con la medicación oficial, la que me recetó una gorda con pinta de limpiadora que me atendió anoche en urgencias. Siete días tengo para matarlo. Realizo ataques cada ocho horas con antibióticos y antiinflamatorios. Me da cosa, porque es un poco mío –y del mar, y del mar-. Yo me quedo calladita y me tapo con la mano el oído por si me quiere decir algo, que no lo mate o, no sé, que mate al presidente de la comunidad. Algo, ¿no? Por ahora, ni pío.


Mecanismo de acción de las enzimas B- lactamasas para hidrolizar los antibióticos betalactámicos. O «mi vida interior: apocalipsis», 2008.